La pérdida

“La respuesta al misterio de la existencia es el amor que compartes, a veces tan imperfectamente, y cuando la pérdida te despierta hacia la profunda belleza de ello, hacia su santidad, no puedes ponerte de pie por un buen tiempo, te tiras de rodillas, no por el peso de tu pérdida, sino por la gratitud de lo que precedió a esa pérdida…”  
- Dean Koontz






La pérdida lleva consigo un hermoso, aunque doloroso recordatorio de inseparabilidad, y un llamado oculto a recordar lo que realmente eres. La pena puede sacudirte y despertarte y ponerte cara a cara con este hecho fundamental de la existencia que, de cualquier modo, tendrás que aprender con el tiempo.
En un principio, cuando muere alguien que amas, o te deja, o te lo quitan - y el fin de una relación se parece mucho a la muerte - sientes como si lo hubieras “perdido”. Tu madre, tu padre, tu compañero, tu gurú, tu mascota, tu hijo. Se ha ido, quizás, para nunca volver. Uno se siente impotente, devastado, una víctima de la crueldad y de lo impredecible e irrazonable de la vida. Sientes el dolor por la pérdida de la persona, un ser que ya no está, por la pérdida de aquel que fue separado de ti. Ese dolor podría parecer insoportable, inmanejable, insuperable. Su ausencia es tan fuerte y uno no puede hacer nada al respecto. Su ausencia y tu impotencia están completamente presentes.
Al sumergirte profundamente en la pena, podrías descubrir que realmente no has perdido nada que estuviera “fuera” de ti, para nada. Realmente perdiste una  PARTE de ti mismo, una parte de ti que te hacía sentir pleno y esa es la razón de porqué te duele tanto ahora. Ya no te sientes pleno. Te sientes deshecho, incompleto, como si un fragmento de “ti” mismo estuviera faltando, como si hubieras perdido una pieza del rompecabezas de tu corazón. ¿Cómo podrías ser completamente tú, sin él, sin ella, sin eso? ¿Cómo podría un hijo ser hijo si ya no tiene padre? ¿Cómo podría ser esposa una esposa sin un marido? ¿Cómo puedo ser yo si tú no estás?
Al sumergirte aun más en la pena, empiezas a preguntarte si, de hecho, esa parte de ti que “perdiste” era realmente “tú”, después de todo. ¿Cómo podrías perder una parte de ti mismo? Si pudieras perder una parte de ti, ¿sería realmente de “ti”, en primer lugar? Empiezas a preguntarte quién eres realmente, y quién eras antes, más allá de tu sueño de ti mismo. Empiezas a preguntarte quiénes eran ellos, más allá de tu idea de quiénes eran. ¿Acaso es verdadero que estaban presentes y que ahora están ausentes? ¿En verdad están ausentes de tu experiencia? ¿Qué fue aquello que se perdió? ¿Puede una relación perderse realmente?
Conforme nos sumergimos más a través de las capas del dolor y la pena, podríamos descubrir una extraña clase de inseparabilidad de aquel a quien creímos perder. Lo que se perdió fue un sueño acerca de cómo íban a ser las cosas, un sueño acerca de un futuro. Lo que realmente eres no puede ser perdido - está plenamente presente, a pesar de los cambios. Y lo que ellos verdaderamente son tampoco se puede perder, independientemente de que se haya detenido el latido de su corazón. En el mismo fondo de la pena, encuentras amor, una inseparabilidad total de tu ser amado, y un encuentro verdadero con Eso que jamás puedes perder. La muerte es incapaz de tocarlo. Su ausencia se convierte en su presencia, la cuál es tu propia presencia. En esta presencia eterna, ¿a quién se pierde?  
En el fondo de la pena, hallamos amor incondicional, un amor que nunca depende de la forma física. La pena lleva consigo su propio fin. Y no se trata de que olvidemos a nuestros seres queridos. No significa que ya no seremos visitados por ellos a través de la memoria y de los sentimientos.  No significa que la tristeza desaparezca de la noche a la mañana. No significa que dejemos de sentir toda una variedad de cosas. Sin embargo, nos hacemos conscientes profundamente de que no hemos perdido nada fundamental para nosotros, y que el mundo no se ha detenido y que realmente ellos no están “ausentes” en la forma en como la mente lo concibe. La pena de ese vació se puede convertir en nuestra alegría. El fantasma de la pérdida ya no nos asusta - después de todo es un fantasma amistoso. Tan sólo se nos ha regalado la experiencia de conocer a nuestro ser amado, sentirlo, tocarlo, olerlo, alimentarlo, abrazarlo, incluso la de haber presenciado su muerte. La vida no puede quitarnos eso - la vida simplemente da y seguirá dando, si tenemos ojos para verlo. Tal vez, sus vidas y muertes se dieron de la única manera en que pudieron haber ocurrido. Quizás recorrieron el camino más adecuado para ellos, incluso en su mismo desenlace. En el difícil fondo de la pena, encontramos una profunda conexión, humildad, un no saber, y gratitud y compasión por toda la humanidad, por todos aquellos que han amado y perdido. Encontramos allí el Misterio insondable de todo.
Al aceptarnos plenamente, tal y como somos, descubrimos a toda la humanidad. Aunque en un principio parezca como si hubiéramos enfrentado una pérdida personal, al final del camino, la pena puede conectarnos profundamente una vez más a algo que nunca puede ser perdido, algo impersonal y universalmente verdadero. La pena es un maestro duro, sin duda, un maestro aparentemente cruel e implacable, pero en su corazón es pura compasión. El dispositivo de nuestra tortura se convierte en nuestra salvación. Recuerda a Jesús en la cruz.
Cuando se enfrenta y no se huye de ella, nuestra pena puede servir como una antigua y atemporal enseñanza espiritual no-dual, una enseñanza dinámica y viva, una llamada a despertar a esa compasión dolorosa por toda la humanidad. La impermanencia de las cosas es natural y neutral, y todo pasa, y eso, en sí mismo, no es ni bueno ni malo - ese es el camino, y siempre ha sido ese camino, y siempre lo será. La pérdida es sólo un derecho de peaje. Es cuando nos olvidamos de la impermanencia de las cosas, y cuando la negamos, y cuando soñamos en la permanencia y cuando confeccionamos nuestro futuro, y cuando nuestros sueños son destrozados por la impermanencia, que sufrimos y luchamos en contra de la forma que toman las cosas. Todos enfrentamos la pérdida, ese es el camino, pero si ponemos atención a nuestra pérdida, la escuchamos, la miramos fijamente a la cara, entonces podríamos encontrar oro, y podremos vernos reflejados a nosotros mismos y a nuestros seres queridos con mucha más claridad que nunca. La pena es sólo amor disfrazado de algo más y constantemente nos extiende una invitación a acercarnos más.
- Jeff Foster

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