Un abrazo


Per molts anys Joan!

Hoy celebro mi cumpleaños, el cincuenta y seis.
Me siento bendecido por tanto tiempo de vida, por tanto y tanto recibido y por todos los frutos que también me ha sido posible dar.
Contento, sereno y agradecido, aprovecho para saludar a todos los amigos que nos acompañamos, más cercanos o más lejanos, más conocidos o más desconocidos, más queridos o menos queridos, en nuestro común camino del alma. Y también para compartir unos versos de Shakespeare que me hacen evocar la importancia de dar frutos para sentir la plena sintonía con nuestra naturaleza.
Que sea un día de risas y música para todos.
JOAN GARRIGA...







 Las antorchas nos deben luz, ornato las joyas,
su sabor los manjares, la belleza su goce,
las hierbas sus aromas y las plantas sus frutos:
lo que para sí crece, del crecimiento abusa.
Siembra de siembra nace, lo bello cría lo bello;
engendrado tú fuiste, debes pues engendrar.
Tomado del libro Venus y Adonis - Poemas diversos de William Shakespeare.
 
 
 
Joan Garriga i Anna M el dia que ens vam conèixer
Cada dia agraeixo el haver-te trobat
Per molts i molts anys Joan.
Gràcies per el que m'has ensenyat
Gràcies per els fruits que he pres de tu
Gràcies per ser-hi.
Tens un lloc molt maco al meu cor.
Anna M
 

Mi deseo...


Mi Deseo es que lo que desees para mi, lo recibas duplicado.
Y lo que yo desee para ti, me vuelva dos veces.
Porque así se mueve el Universo, pero lo hemos olvidado.

Mujer Árbol

Yo te deseo

Yo te deseo que salgas, que logres
que te sucedan historias; que las trabajes,
que las riegues con tu sangre, con tus
lágrimas y con tu risa hasta que florezcan...
Hasta que tu misma estalles en floración.

 Clarissa Pinkola Estes

Enseñar las verguenzas

Me enseñaron la vergüenza.
Me enseñaron a avergonzarme de mi cuerpo, de mis actos, de mis pensamientos.
Me enseñaron que lo que pienso es absurdo, que lo que hago es ridículo, que lo que deseo es sucio.
Y aprendí a no decir lo que pensaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor pensara algo mejor.
 
 
Y aprendí a no hacer lo que me apetecía, por vergüenza de que alguien a mi alrededor creyera que era inoportuno.
Y aprendí a no perseguir lo que deseaba, por vergüenza de que alguien a mi alrededor opinara que era inapropiado.
No contenta con someterme a la mirada externa, me plegué también a la vergüenza ajena.
Y aprendí a preguntarle a la vergüenza cómo vestirme, no vaya a ser que alguien pensara que voy buscando gustar, destacar. Y aprendí a escuchar a la vergüenza al desnudarme, no vaya a ser que me sintiera cómoda en mi cuerpo, y me acostumbrara a enseñar(me)lo sin miedo. Y aprendí a consultar con la vergüenza antes de abrir la boca, no vaya a ser que dijera sin filtro lo que me pasa por la cabeza, y se enterara la gente.
Y dejé de bailar, de reír a carcajadas, de rascarme el culo, de preguntar lo que no entiendo, de opinar lo que pienso, de compartir lo que siento, de pedir ayuda, de ponerme faldas, de ir a la playa, de comer o llorar en la calle, de ir sin sujetador, de pintarme, de salir sin pintar, de bajar a la calle despeinada, de usar esa ropa que dicen que no me pega nada, de llamar a quien echo de menos, de tomar la iniciativa, de decir que no, de decir que sí, de quejarme, de vanagloriarme, de estar orgullosa, de admitir que estoy asustada.
Y, a base de sentirme cada día más avergonzada, entendí que mi vergüenza nunca iba a sentirse saciada. Que toda la vida iba a imponerse entre yo y mi representante impostada. Así que busqué a mi sinvergüenza interna. Y le costó salir un poco, le daba vergüenza.



 Pero acabó sacándome a bailar, haciéndome dúo al cantar, saliendo conmigo a la calle con la cara sin lavar, animándome a hablar, a ignorar las cosas que me deberían avergonzar...
Y ahora no tengo tiempo para sentir vergüenza. Estoy ocupada viviendo.
Fuente: Faktoria Lila

El milagro de la canción del hermano

Como cualquier madre, cuando Karen supo que un bebé estaba en camino hizo todo lo posible para ayudar a su otro hijo, Miguel, de tres años de edad, a prepararse para la llegada. Los exámenes mostraban que era una niña y todos los días Miguel cantaba cerca de la panza de su mamá. El ya amaba a su hermanita, aún antes de que ella naciera. El embarazo se desarrolló normalmente. En el tiempo exacto vinieron las contracciones. Primero cada cinco minutos, después cada tres y luego cada minuto. Entretanto, surgieron algunas complicaciones y el trabajo de parto de Karen demoró horas. Todos discutían la necesidad probable de una cesárea.



Hasta que al fin, después de mucho tiempo, la hermanita de Miguel nació. Sólo que ella estaba muy mal. Con la sirena a todo volumen, la ambulancia llevó a la recién nacida hasta la unidad de terapia intensiva neonatal del Hospital Saint Mary. Los días pasaban y la pequeñita empeoraba. Los médicos dijeron a los padres que se prepararan para lo peor, porque había pocas esperanzas. Karen y su marido comenzaron entonces con los preparativos para el funeral. Algunos días atrás, estaban arreglando el cuarto para esperar al nuevo bebé. Mientras esto sucedía, Miguel todos los días les pedía a sus padres que lo llevaran a conocer a su hermanita.
- Yo quiero cantar para ella – les decía.
Se esperaba que no sobreviviera esa tarde. Miguel continuaba insistiendo con sus padres que lo dejaran cantarle a su hermanita, pero no se permitían niños en esa parte del hospital. Entonces Karen se decidió; ella llevaría a Miguel al hospital de cualquier forma. El todavía no había visto a su hermanita, y si no era ese día, tal vez no la vería viva. Ella vistió a Miguel con una ropa un poco mayor para disfrazar su edad y se encaminó al hospital. La enfermera no le permitió entrar y le exigió se retirara. Pero Karen insistió:
- Él no se irá hasta que vea a su hermanita.
Karen llevó a Miguel a la incubadora. El la miró y después de algunos segundos comenzó a cantar con su voz pequeñita:
Tú eres mi sol, mi único sol, tú me haces feliz, aun cuando el cielo está oscuro… (en inglés , claro)
En ese momento, la bebé pareció reaccionar. Las pulsaciones comenzaron a bajar y se estabilizó. Karen alentó a Miguel a continuar cantando.
- Tú no sabes querida, cuánto yo te amo, por favor no te lleves mi sol…
Mientras Miguel cantaba la respiración difícil de la bebé se fue volviendo suave.
- ¡Seguí! – le pidió Karen visiblemente emocionada, y su cara empapada en llanto. La bebé comenzó a relajarse. La enfermera comenzó a llorar también. Al día siguiente, la hermana de Miguel ya se había recuperado y en pocos días fue llevada a su casa. La revista Woman’s Day llamó a esta historia: “El milagro de la canción del hermano”; los médicos lo llamaron simplemente milagro. Karen lo llamó: “¡El milagro del amor!”.