El amor

Quisiera hablar del amor, no el amor romántico ni el posesivo, sino del sublime amor a la creación, a la obra, a la vida, al universo y a la impensable energía que lo anima. Quiero hablar del amor que se recibe y se transmite, ese hermoso sentimiento que nos aniquila el egoísmo.



Al fundarse aquel reino, se cortó un árbol y en lo que quedó del tronco, sin desraizarlo, se talló un trono que fue asiento de muchas generaciones de reyes. Para no moverlo de su sitio, construyeron el palacio real alrededor de él. Al cabo de un largo tiempo, el último de los reyes llegó a odiar al rústico símbolo de su mando: “¡Me gustaría un sillón blando con cojines rellenos de plumas y no este ordinario sillón tallado a irregulares hachazos!” Cada vez que podía, reposaba en mullidos canapés. ¡Pero un día el trono le fue usurpado! El rey tuvo que esconderse. En esa época llena de privaciones, añoraba su palacio y, por sobre todo, su trono, símbolo de lo que había perdido. Después de mucho, logró derrotar a los traidores. Entró triunfante en el salón principal y se sentó en el árbol tallado. Un frío intenso mordió su trasero y una fuerza invisible lo arrojó al suelo. ¡La sede real ya no lo quería! El rey, arrepentido, vio por primera vez la belleza de esa madera milenaria y se dio cuenta que por su causa se había llenado de astillas. Trajo aceite, esencias y, como un humilde sirviente, lo pulió hasta dejarlo liso y brillante. ¡El trono siguió rechazándolo! El rey, transido de dolor, escribió poemas comparándolo al centro del universo, lo rodeó de miles de ruiseñores enjaulados, de rodillas le pidió perdón. ¡Nada logró! Tirado frente al trono , lloró como nunca lo había hecho en su vida, no por él mismo, sino por el sufrimiento que había tenido el viejo sillón al estar abandonado de sus cuidados tantos años… La humedad de sus lágrimas llegó hasta las raíces y una mañana la madera del trono echó hojas, luego flores y por último dio a luz un fruto dorado. El rey lo cortó y en lugar de llevárselo a la boca, llamó a su pueblo y a cada súbdito le dio un pedazo. Alcanzó fruto para todos, menos para él. Sin embargo, agonizante, el rey fue recibido por el viviente trono y pudo morir incrustado en su verdor como un nuevo fruto maravilloso.
 
¡Recibir el Amor es darlo todo!
 Un verdadero rey no quiere los beneficios del poder para sí mismo sino para su pueblo.
El placer de pensar- 61 Alejandro Jodorowsky

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