Eternal y los Ordenes de la Existencia .
Los protagonistas de mi historia se llaman Juvenal y Gerontal. Nacieron el mismo día, a la misma hora, en el mismo lugar, a idéntica temperatura ambiental. Hijos ambos de los mismos padres y nietos de los mismos abuelos, ocurría sin embargo la extraña rareza de que no eran hermanos.
El enigma se explica por el hecho de que compartían el mismo cuerpo sin otro remedio que residir en él por el tiempo que durara su vida. Juvenal nació nuevo, con cero horas, cero minutos y cero segundos, y empezó como todos respirando su primera y tierna bocanada de aire. Gerontal nació exactamente en el mismo momento, pero el azar había dinamitado previamente el espejismo del dios Cronos y, en alianza con las modernas teorías que dicen que el tiempo no existe, nació con 96 años, quedándole apenas la última bocanada de aire. Juvenal empezaba su vida. Gerontal la terminaba. Juvenal era una criatura llena de futuro. Gerontal, un ser lleno de pasado, en verdad el anciano que algún día sería Juvenal, y ya muy cercano a abandonar el juego del mundo. Abandonarlo, sí, pero para regresar de nuevo, desnudo, a su verdadera identidad: la de Eternal, el eterno, el no nacido, el no fallecido. En verdad tres, Juvenal, Gerontal y Eternal. Juvenal, con una vida por vivir, con unos errores por errar y con un futuro por dibujar. Gerontal, con una vida vivida, con bálsamos y cicatrices, lleno de sabiduría acumulada, como la del viejo timonel que no se arredra en las tempestades porque ya sobrevivió a muchas, y conoce la paciencia y lo cambiante de las buenas rutas, y además está dispuesto a entregar su vida con generosidad a la inmensa tejedora. Eternal, como el tambor que en momentos cruciales de la vida nos obliga a seguir su música imperiosa en lugar de nuestra melodía personal. En cada vida singular somos muchos, sin duda; pero, como mínimo, somos tres.
Juvenal era un hijo como todos, bendecido por su pasado –padres y familia-, por la presencia de Eternal –el que nos mantiene despiertos y conectados con el Ser sin forma- y sobre todo por la ayuda de Gerontal, emisario del futuro, que a lo largo de su vida y vaivenes no cejó en hacerle saber lo esencial acerca de una Existencia lograda y con sentido, así como los Órdenes que la gobiernan. Desde el futuro, le hacía llegar en misteriosos diálogos oníricos, algunos conocimientos útiles para una vida feliz. Los bautizaremos como Órdenes de la Existencia, y son los que siguen:
La vida es más grande que uno mismo.
Es bueno que sepas, Juvenal, que la vida nos sonríe y nos complace a veces, y otras nos frustra y nos hace llorar. Y ambas cosas son correctas, y en verdad cuesta determinar si la vida cuida mejor de nosotros cuando nos complace o cuando nos despedaza. Nunca se sabe bien si avanzamos en los momentos expansivos o en los momentos de retracción, cuando ganamos o cuando perdemos. Si puedes, mantén siempre la confianza a pesar de las inclemencias que te visiten. Tu voluntad, tus deseos, tus miedos, todo lo que conforma tu identidad, aquel al que llamas Yo, es pequeño frente a la voluntad de la Vida. A veces te sentirás como un barquito en medio de un gran océano. En ocasiones seguirás tu propio rumbo, en otras serás llevado. La vida es más grande, Juvenal, así que debes aprender a sintonizarte con sus propósitos –a menudo incomprensibles- incluso cuando no encajen con tus deseos personales. Con el tiempo uno aprende a pensar la felicidad como una ecuación que combina dos factores complementarios. El primero consiste en invertirse con todas nuestras fuerzas en la dirección de lo que nos mueve y nos conmueve. El segundo, en entrar en sintonía con los propósitos de la Vida aunque no encajen con nuestros anhelos internos, y permitir que nos lleve en sus brazos. La Vida hace que ocurran infinidad de hechos que no queremos, que son difíciles o dolorosos; cuando alguien muere, por ejemplo, o cuando alguien mata, o enfermamos, o aquel que amamos ya no nos ama más, o no tenemos los hijos que deseamos, o los padres o los hijos son como son, no como quisiéramos... La Vida es una especie de diálogo existencial, con suerte creativo, entre nuestros deseos y los Suyos. Pero siempre es soberana y a menudo no pregunta ni consulta: sólo actúa, y navegamos a la deriva de su azar… Los más felices son los buenos navegantes que saben ponerle buena cara al mal tiempo y construir vida sobre la contrariedad. Los más desgraciados se agarran a la contrariedad para justificar que viven menos. Los más felices son los que logran la aceptación, el gran sí a la existencia. En realidad, si hubiera que reducir lo que ayuda a una sola comprensión, ésta podría resumirse en un inquebrantable sí a la Vida. Cada vez que tengas una dificultad o un ser querido tenga un problema, puedes preguntarte a qué o a quién se dice no, a qué o a quién no se logra integrar y amar. Decir no es un intento legítimo de escapar del dolor, la culpa, la vergüenza, la indignidad… Pero has de saber que escapar teje alargadas sombras.
Es bueno que sepas, Juvenal, que la vida nos sonríe y nos complace a veces, y otras nos frustra y nos hace llorar. Y ambas cosas son correctas, y en verdad cuesta determinar si la vida cuida mejor de nosotros cuando nos complace o cuando nos despedaza. Nunca se sabe bien si avanzamos en los momentos expansivos o en los momentos de retracción, cuando ganamos o cuando perdemos. Si puedes, mantén siempre la confianza a pesar de las inclemencias que te visiten. Tu voluntad, tus deseos, tus miedos, todo lo que conforma tu identidad, aquel al que llamas Yo, es pequeño frente a la voluntad de la Vida. A veces te sentirás como un barquito en medio de un gran océano. En ocasiones seguirás tu propio rumbo, en otras serás llevado. La vida es más grande, Juvenal, así que debes aprender a sintonizarte con sus propósitos –a menudo incomprensibles- incluso cuando no encajen con tus deseos personales. Con el tiempo uno aprende a pensar la felicidad como una ecuación que combina dos factores complementarios. El primero consiste en invertirse con todas nuestras fuerzas en la dirección de lo que nos mueve y nos conmueve. El segundo, en entrar en sintonía con los propósitos de la Vida aunque no encajen con nuestros anhelos internos, y permitir que nos lleve en sus brazos. La Vida hace que ocurran infinidad de hechos que no queremos, que son difíciles o dolorosos; cuando alguien muere, por ejemplo, o cuando alguien mata, o enfermamos, o aquel que amamos ya no nos ama más, o no tenemos los hijos que deseamos, o los padres o los hijos son como son, no como quisiéramos... La Vida es una especie de diálogo existencial, con suerte creativo, entre nuestros deseos y los Suyos. Pero siempre es soberana y a menudo no pregunta ni consulta: sólo actúa, y navegamos a la deriva de su azar… Los más felices son los buenos navegantes que saben ponerle buena cara al mal tiempo y construir vida sobre la contrariedad. Los más desgraciados se agarran a la contrariedad para justificar que viven menos. Los más felices son los que logran la aceptación, el gran sí a la existencia. En realidad, si hubiera que reducir lo que ayuda a una sola comprensión, ésta podría resumirse en un inquebrantable sí a la Vida. Cada vez que tengas una dificultad o un ser querido tenga un problema, puedes preguntarte a qué o a quién se dice no, a qué o a quién no se logra integrar y amar. Decir no es un intento legítimo de escapar del dolor, la culpa, la vergüenza, la indignidad… Pero has de saber que escapar teje alargadas sombras.
Nietzsche lo expreso con claridad en su libro biográfico Ecce Homo: “Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es el amor fati (amor al destino)”; también se refiere a “la afirmación suprema, nacida de la abundancia, un decir sí sin reservas aun al sufrimiento, aun a la culpa misma, aun a todo lo problemático y extraño de la existencia”. Un destino que aceptamos nos toma en sus brazos y nos conduce a la vida y, en cambio, aquel del que tratamos de escapar nos persigue reclamando su derecho imperioso a ser. Nietzsche termina su Ecce Homo con una frase grandiosa e inquietante. “Dioniso versus el Crucificado”. Dioniso representa el instinto, la vida en todas sus dimensiones, y el Crucificado, el idealismo y una lógica fatal para la vida: la de que un mal puede traer un bien, la de la redención a través de la muerte y el suplicio. Querido Juvenal, elige siempre lo real a lo ideal, elige el amor a todo lo existente frente a la pequeñez de tus ideas de justicia que aplacan tu mala conciencia. Si puedes, Juvenal, sigue la máxima de San Agustín: “La felicidad consiste en tomar con alegría lo que la vida te trae y en soltar con la misma alegría lo que la vida te quita”. En la juventud, uno se cree muy “yo” y lo grita a los cuatro vientos, pero luego, con el tiempo, uno se vuelve más y más “tú”, y luego más y más “todos”… Avanzar, crecer, significa extender el corazón en todas las direcciones: hacia todo, hacia todos, sin exclusión. Y crecemos agrandando más y más los movimientos expansivos del corazón, hasta que no haya un solo gramo de lo que no es “yo” o de lo que llamamos “otros” que no sea parte nuestra. Crecemos al ser más lo ajeno y la alteridad que no al ser más yo. El corazón se mantiene vivo mientras desafía a esa pequeña conciencia del yo y sigue expandiéndose, entregado a la vida.
La vida se encuentra en el futuro.
Hazte la siguiente pregunta, Juvenal: ¿dónde vivirás el resto de tu vida? La respuesta certera es: en el futuro. Te parecerá extraño, al ser tan fuerte nuestro amor y nuestra conexión con el pasado, con nuestra familia, padres, infancia, raíces y todo aquello que nos ha hecho llegar al lugar en el que estamos. Es obvio que el pasado nos sostiene, pero la buena vida se halla en el futuro. Mantente siempre a la escucha: el futuro no cesará de convocarte con su canto ineludible. Los horizontes de mañanas que parecen lejanos pondrán tus pies sobre las huellas del camino que harás al andar. Mirar al futuro y quererlo nos sostiene en igual medida que nos sostuvieron nuestros padres y nuestros anteriores. Mira hacia lo lejos y me descubrirás como Gerontal, ya mayor, feliz de la vida vivida, conforme, fértil, calmo al entregarla; y verás a nuestros hijos y nietos, y cómo la vida se extiende en nuestros posteriores y aún más allá, llenándote el corazón de futuro. Lo que más agradece el pasado es un futuro bello; lo que más agradecen nuestros anteriores es el progreso, la luz y la dicha de sus posteriores. No dejes de orientarte hacia el mañana. Los budistas dicen sabiamente que el pasado es un cementerio: de él sólo nos quedan imágenes y recuerdos. También dicen que del futuro sólo tenemos promesas, que sólo existe el presente. La vida sólo se vuelve líquida en el presente silencioso. Es su refugio natural, su morada. Eternal, nuestra verdadera esencia, sólo conoce el Ahora. Él vive en nosotros el presente eterno. Pero el presente es tan fugaz para la mente que sólo la domarás mirando hacia adelante. Nunca uses el pasado como excusa para detener tu vida. Nunca digas: “mis heridas son tan grandes que ya no me quedan fuerzas”. Quizás te sirvan estos versos del poeta Benedetti:
Hazte la siguiente pregunta, Juvenal: ¿dónde vivirás el resto de tu vida? La respuesta certera es: en el futuro. Te parecerá extraño, al ser tan fuerte nuestro amor y nuestra conexión con el pasado, con nuestra familia, padres, infancia, raíces y todo aquello que nos ha hecho llegar al lugar en el que estamos. Es obvio que el pasado nos sostiene, pero la buena vida se halla en el futuro. Mantente siempre a la escucha: el futuro no cesará de convocarte con su canto ineludible. Los horizontes de mañanas que parecen lejanos pondrán tus pies sobre las huellas del camino que harás al andar. Mirar al futuro y quererlo nos sostiene en igual medida que nos sostuvieron nuestros padres y nuestros anteriores. Mira hacia lo lejos y me descubrirás como Gerontal, ya mayor, feliz de la vida vivida, conforme, fértil, calmo al entregarla; y verás a nuestros hijos y nietos, y cómo la vida se extiende en nuestros posteriores y aún más allá, llenándote el corazón de futuro. Lo que más agradece el pasado es un futuro bello; lo que más agradecen nuestros anteriores es el progreso, la luz y la dicha de sus posteriores. No dejes de orientarte hacia el mañana. Los budistas dicen sabiamente que el pasado es un cementerio: de él sólo nos quedan imágenes y recuerdos. También dicen que del futuro sólo tenemos promesas, que sólo existe el presente. La vida sólo se vuelve líquida en el presente silencioso. Es su refugio natural, su morada. Eternal, nuestra verdadera esencia, sólo conoce el Ahora. Él vive en nosotros el presente eterno. Pero el presente es tan fugaz para la mente que sólo la domarás mirando hacia adelante. Nunca uses el pasado como excusa para detener tu vida. Nunca digas: “mis heridas son tan grandes que ya no me quedan fuerzas”. Quizás te sirvan estos versos del poeta Benedetti:
No te rindas, aún estás a tiempo
de alcanzar y comenzar de nuevo,
aceptar tus sombras,
enterrar tus miedos,
liberar el lastre,
retomar el vuelo.
El sentido de la vida es servirla.
Desde mi vejez te digo que lo que me colma es todo aquello que pude darle a la vida, y también todo aquello que me dio y supe recibir con gozo, y lo que decora mi espíritu es todo el amor amado. Otras veces cometí el pecado de no saber dar ni recibir. Pero el pecado no es un asunto moral, sino un término sacado del viejo arte del tiro con arco que significa “desviarse del objetivo”, no dar en el centro de nuestra diana existencial. Te miro y veo tu vida, Juvenal: sé exactamente como será, y vengo a soplarte a la oreja de tus sueños que hay tres grandes pecados que debes evitar. El primero es no dar lo que tienes y eres, el segundo es dar lo que no tienes y no eres, y el tercero es no tomarte el trabajo interior de distinguir lo que tienes y eres de lo que no tienes y eres. El primero es un pecado que rinde pleitesía al demonio de la cobardía, el segundo al de la falsedad y la impostación, y el tercero a la acedia o pereza de conciencia en escuchar los propios movimientos profundos. Ten siempre el coraje de respetar lo que tienes y darlo a la vida, sea lo que sea: escribe poemas, toca el arpa, cásate, sé jardinero, entrega aquello que te mueve, que es tu talento y tu regalo. No quieras impostarte, no quieras ser quien no eres, no quieras aparentar que tienes la gracia del verso si no te la quiso dar la musa. Sé real, verdadero, no un personaje fabricado para calzar en el mundo. Aprende a escuchar tu cuerpo y tu verdad interior “en las horas más calladas de la noche”: en ellas descubrirás lo que debes hacer irremediablemente. Apunta, pues, tus flechas al futuro, que construyan vida. En ello y en el amor que hayas vivido encontrarás sentido.
A cada cual le orientan proezas, amores y valores distintos. Cuando tengas 47 años, leerás a Bertrand Russell y descubrirás maravillado lo que escribe en el frontispicio de su autobiografía: “Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento humano. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación”. Y concluye: “Esta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivir, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad”.
Ahora, Juvenal, yo también termino la vida que avanza en tí: la he hallado bella y digna de vivir, y hoy me despido con tanto amor y con tantos hermanos que no los puedo contar. Tú, vive.
Desde mi vejez te digo que lo que me colma es todo aquello que pude darle a la vida, y también todo aquello que me dio y supe recibir con gozo, y lo que decora mi espíritu es todo el amor amado. Otras veces cometí el pecado de no saber dar ni recibir. Pero el pecado no es un asunto moral, sino un término sacado del viejo arte del tiro con arco que significa “desviarse del objetivo”, no dar en el centro de nuestra diana existencial. Te miro y veo tu vida, Juvenal: sé exactamente como será, y vengo a soplarte a la oreja de tus sueños que hay tres grandes pecados que debes evitar. El primero es no dar lo que tienes y eres, el segundo es dar lo que no tienes y no eres, y el tercero es no tomarte el trabajo interior de distinguir lo que tienes y eres de lo que no tienes y eres. El primero es un pecado que rinde pleitesía al demonio de la cobardía, el segundo al de la falsedad y la impostación, y el tercero a la acedia o pereza de conciencia en escuchar los propios movimientos profundos. Ten siempre el coraje de respetar lo que tienes y darlo a la vida, sea lo que sea: escribe poemas, toca el arpa, cásate, sé jardinero, entrega aquello que te mueve, que es tu talento y tu regalo. No quieras impostarte, no quieras ser quien no eres, no quieras aparentar que tienes la gracia del verso si no te la quiso dar la musa. Sé real, verdadero, no un personaje fabricado para calzar en el mundo. Aprende a escuchar tu cuerpo y tu verdad interior “en las horas más calladas de la noche”: en ellas descubrirás lo que debes hacer irremediablemente. Apunta, pues, tus flechas al futuro, que construyan vida. En ello y en el amor que hayas vivido encontrarás sentido.
A cada cual le orientan proezas, amores y valores distintos. Cuando tengas 47 años, leerás a Bertrand Russell y descubrirás maravillado lo que escribe en el frontispicio de su autobiografía: “Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda de conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento humano. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación”. Y concluye: “Esta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivir, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad”.
Ahora, Juvenal, yo también termino la vida que avanza en tí: la he hallado bella y digna de vivir, y hoy me despido con tanto amor y con tantos hermanos que no los puedo contar. Tú, vive.
Joan Garriga Bacardi.

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